Estar vivo a veces es suficiente
Miraba cabizbajo las aceras, estaba triste, confuso, sólo, no sabía qué hacer, pero estaba en su mundo. Había conectado consigo mismo. Consiguió que nada a su alrededor funcionara, sus sueños, sus proyectos, sus obligaciones, todo se había ido por un momento. No había drogas, no había un porro que fumarse, no había nada, ni nadie en la calle, sólo estaba él y esa canción... Esa canción agridulce. Le encantaba ese sabor, era la mediación, la única ruta que le permitía vislumbrar un camino hacia lo correcto: Lo agridulce. El amargor del Flamenco mezclado con la felicidad obsesiva del Funk más auténtico y afro. A él le encantaba eso, creía en eso, en el punto medio. Estaba andando, con mil tareas sin hacer en la cabeza y sonreía, con miles de obligaciones, pero sonreía... Estaba vivo, miraba al cielo, miraba a una estrella, soltaba una lágrima, sabía por qué, pero no quería seguir por esa senda. Una lágrima estaba bien. Ni una más. Ésa lágrima era perfecta.
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